domingo, 8 de octubre de 2017

Relatos del Cataclismo, extractos.

                                 Región de Immurthia, una luna antes del Cataclismo.


   Mauda levantó los ojos llenos de esperanza al oír abrirse la puerta principal. Cruzó rauda el salón y llegó a tiempo de ver entrar a su suegro; la cabeza gacha y el abatimiento pintado en el rostro. Se llevó las manos a la boca, sin atreverse a preguntar, pero él habló de todas formas:

   - Nada- murmuró con tristeza-. He doblado la recompensa y sólo he conseguido que decenas de aldeanos intenten colarme a sus propios hijos.- La voz le tembló de indignación al añadir:- ¿Acaso creen que no reconocería a mi nieto?

   Mauda se dejó caer junto al hogar principal. Ya había vuelto el otoño y su hijo seguía perdido, desaparecido ya desde el anterior verano. Sentía que ya no le quedaban lágrimas que liberar ni consuelo que lograr, y sus obstinadas esperanzas mermaban cada día que pasaba sin que su pequeño diera señales de vida. Pero cada noche el llanto la anegaba incesante y demoledor, hasta que caía rendida sobre el lecho vacío que debía haber compartido con su marido. La muerte de Korah ya había sido lo suficientemente dura; su partida y el hecho de no poder recuperar sus restos y así carecer de una tumba para llorarle habían sumido a Mauda en una profunda desesperación que duró solsticios. Sólo su niño, que contaba entonces con doce primaveras, había conseguido llegar al corazón desgarrado de su madre y conducirla a casa del abuelo. El anciano padre de Korah los había recibido con los brazos abiertos y además se había hecho cargo de la educación del chico, de modo que Mauda dispuso del tiempo y la tranquilidad para purgar su dolor. Incluso había recuperado algo parecido a la felicidad.

   Hasta que su hijo desapareció también, y su corazón resquebrajado estalló en mil pedazos.

   Las lágrimas le ardían en las pestañas cuando al fin se quedó dormida, agotada por el dolor, vencida por la lógica aplastante de la realidad. Su pequeño se había esfumado el día de su decimonoveno cumpleaños, y si no estaba ya muerto, era que él mismo no quería volver.

   Soñó con monstruos oscuros y malvados, con bocas llenas de colmillos afilados que perseguían a su hijo para engullirle, y vio el cadáver de su marido levantarse de su tumba marina; su carne devorada y cubierta de fango, los ojos enloquecidos y los brazos extendidos que venían a atraparla. Entonces gritó, gritó tan fuerte que se despertó bañada en sudor, tan aterrorizada que no podía contener los temblores de sus cuerpo a pesar de que los contornos familiares de su alcoba le susurraban que ya estaba a salvo.

   Pero se resistía a creerlo. La cama, incluso la habitación misma, temblaban al ritmo de su agitado corazón, y sombras antinaturales danzaban por la estancia. Se apretó contra el cabecero abrazada a sus rodillas, rogando y esperando que el mal sueño se disipara por completo. Vio la niebla roja que se arremolinaba al otro lado de la ventana formando espirales que envolvían la torre, cuyas paredes se estaban volviendo traslúcidas; niebla que parecía tener vida propia y ascendía desde la base enroscándose sobre el torreón como una descomunal serpiente demoníaca. Se llevó los puños a la boca, más asustada de lo que jamás había estado en su vida, y eso que su suegro le había mostrado horrores que ninguna mujer debería contemplar jamás.

   La propia tierra parecía sacudirse ahora, y sus manos no fueron suficientes para contener el grito. Finalmente la locura había venido a por ella, y sintió cierto alivio insensato de que todo fuera a terminar al fin. El monstruo que su suegro mantenía vivo contra toda lógica habría logrado escapar y su sueño plagado de colmillos asesinos se cumpliría de una vez por todas.

   La puerta del dormitorio se abrió de golpe revelando una figura alargada y oscura que avanzó hacia ella amenazadoramente. Gritó con toda la fuerza de sus pulmones y la sombra se abalanzó sobre su rostro con intenciones de devorarla. Se tapó los ojos, chillando aterrorizada, sintiendo las lágrimas que le abrasaban las mejillas y una pena insondable por sí misma. Había intentado ser feliz, los dioses lo sabían, pero le habían arrebatado a su amado esposo y la habían condenado a una vida en la ciudad, en la engolada corte real en la que se sentía poco menos que una pordiosera. Su suegro había sido muy amable acogiéndoles a ella y a su hijo con los brazos abiertos tras el deceso de Korah, pero Mauda se sentía prisionera entre las casas y las calles empedradas, lejos del río y las flores que rodeaban su hogar. Tal vez la horrible muerte que estaba a punto de sufrir la devolviera a su casita junto al río, donde estarían esperándola su amado y su hijo.

   -¡¡¡Mauda!!!

   ¿Por qué la figura pronunciaba su nombre? ¿Cómo podría saberlo? Sólo podía tratarse de un demonio, uno de los hijos malditos de Inatu y Enara, que había venido a despedazarla.
Sin embargo, aquella voz se parecía mucho a la de su suegro, y huesudos como los suyos eran los dedos que se le clavaban en los hombros y la sacudían con desesperación.

   -¿Madras?- gimoteó angustiada.

   -¡¡Querida!! ¡La tierra está temblando, debemos salir de aquí inmediatamente!

   Eso no era algo que diría un demonio, pensó para sí, de modo que abrió los ojos con cautela. Ante ella vio el familiar rostro arrugado y afable desfigurado por la preocupación. Se arrojó a sus brazos desesperada y aterrorizada, desequilibrando al anciano con su ímpetu, que cayó de bruces sobre el lecho. Mientras trataban de incorporarse el temblor aumentó su intensidad, como si el mismo aire vibrara y el fin del mundo se deslizara hacia ellos para engullirles. Tan repentina y misteriosamente como había empezado cesó toda actividad, y Mauda levantó a su suegro con esfuerzo, que se dejó hacer con el rostro demudado.

   -¿Qué…qué…está pasando?- tartamudeó la mujer sintiendo que la locura la reclamaba de nuevo.

   Madras se giró hacia ella lentamente, con el rostro desencajado, incapaz de otro movimiento que negar con la cabeza. Parecía poseído por una calma antinatural, absolutamente ajeno a todo, y Mauda comprendió que la impactante visión también había horadado la mente del sabio anciano. Quizá él había percibido algo, algo tan impensable que le había dejado sin habla, incapaz de reaccionar. Un terror primitivo, irracional pero innegable, la invadió de nuevo, y la paz que creía haber alcanzado le pareció el preludio de la aniquilación de su cordura. Sintió el aullido que crecía en el fondo de su garganta, amenazando con asfixiarla si no lo expulsaba, y separó los labios para dejarse llevar.

   Una segunda figura cuyos contornos reconocería en cualquier parte se dibujó poco a poco en el umbral, como si la hubieran traído las mismísimas sombras, y unos ojos iridiscentes, malévolos, le sonrieron en la oscuridad. Ya no eran delicados y dulces como los campos de lavanda, sino malignos y peligrosos como el humo de los sortilegios. Demasiadas sombras purpúreas y violáceas había contemplado desde que se mudara como para no temer lo que traían. Entonces la sombra habló, y su voz cantarina y sensual reverberó en la alcoba como si ya no perteneciera al mundo de los vivos.


   -Buenas noches, madre.

domingo, 24 de septiembre de 2017

Acerca del sexo y el amor, primera reflexión. Castillo de Dragón, junio del 732 post Cataclismo

    Todo era perfecto en Magnum, el más joven heredero de los Beltrenny, ilustre y acaudalada familia de Avaleth. Val no era tan estúpida ni tan insensata como para esperar que el joven se fijara en ella , pero el chico la confundía enormemente con su comportamiento errático. Tan pronto la buscaba y parecía ansiar su compañía como actuaba como si apenas se conocieran y la ignoraba durante días, hasta que una tarde se encontraban por casualidad y entonces se abrazaba a su talle y le suplicaba que contemplaran juntos las nubes. Incluso estuvo tonteando públicamente con ella durante la fiesta de la vendimia, hasta que sus amigos llegaron a buscarle y al caer la noche Ghisett le vio con Dalissa tras las cubas de prensado.

    Le devolvió el saludo con una sonrisa. Aunque le había roto el corazón, o al menos así lo sentía ella, innumerables veces, también la había ayudado a entender que los hombres no querían colarse entre tus piernas sólo para llegar a tu corazón. Que el sexo y el amor no iban necesariamente de la mano, como es lógico, y que eso era algo que los chicos ya sabían y las chicas aún tenían que aprender. Comentó compungida, para censura de sus compañeras, que no le importaba el hecho de que Magnum sólo la quisiera para retozar, lo que la molestaba hasta la más pura rabia era que la hubiera engañado para conseguirlo. Se preguntaba por qué el chico había considerado necesario el uso de falsas promesas y triquiñuelas cuando podía haber expuesto sus verdaderas razones y ahorrarle mucho dolor. La escandalizada y ofendida reacción de sus amigas le dio la asombrosa respuesta: Al parecer, resultaba moralmente reprobable, en la mayoría de las culturas, que una mujer yaciera con un hombre sin más pretensiones que el puro placer sin consecuencias sentimentales. Para mayor confusión, no estaba en absoluto mal visto que un hombre sólo quisiera a una mujer por su cuerpo, pues al parecer el deseo funcionaba de otro modo en ellos. Val se guardó sus opiniones al respecto de ahí en adelante, preguntándose por qué siempre tenía que pensar de modo diferente a los que la rodeaban, sintiéndose dolorosamente sola en un castillo atestado.


domingo, 10 de septiembre de 2017

Libro I. La hija de Dakall.

 La puerta de la choza se abrió con violencia permitiendo que el aire cargado de ceniza ardiente se colara en el interior. La anciana levantó la vista para encarar a la mujer que se recortaba en su umbral. Era una guerrera astragana de músculos alargados pero poderosos, con ojos de color verde oscuro que la miraban angustiados.

-¡Sálvala!- gritó abriendo las manos que mantenía apretadas contra el regazo. La anciana vio el abultado vientre cruzado por un rastro rojo brillante desde la cadera hasta las costillas. La sangre manaba con abundancia, y la mujer parecía estar a punto de desfallecer.

-Vete- le dijo-. El corte es demasiado profundo, tu bebé está perdido.

La guerrera se tambaleó hacia delante. Era evidente que cada paso le suponía un esfuerzo considerable, pero avanzó hasta el hogar y se dejó caer de rodillas sujetándose el vientre de nuevo.

-Su nombre es Val Vanzaant- gimió entre dientes, desafiándola con la mirada-; y su destino no es morir aquí.

-Estás bajo La Ira de Dakall, aquí todo arde.

-No los hijos del fuego- jadeó la mujer tumbándose con esfuerzo-. Val fue concebida en el Terraplén del Ocaso, ante los ojos del mismo Dakall.

-Es un dios peligroso para encomendarle a una hija- murmuró la anciana-. Si hago esto, tu niña no será del todo astragana. Tendrá un corazón de fuego en una tierra de hielo, será una extraña entre los suyos.

La astragana sonrió con tristeza. Sabía muy bien qué significaba aquello desde que se enamorara y se trasladara al poblado de Los Hijos de la Ventisca, allá en las montañas. La tribu de su amado Mert era parca en palabras y estricta en comportamientos, y Valeska a menudo se sentía incomprendida y sola.

-Al menos vivirá- jadeó con sus últimas fuerzas-. Déjala ser, chamán… nunca se sabe lo que puede llegar a pasar.

La anciana sacudió la cabeza ante aquella guerrera tozuda que se había instalado junto al hogar excavado en el suelo, sobre el calor de la lava que aún corría bajo las montañas negras y rojizas. Vio cómo el humo ascendía de la tierra envolviendo su cuerpo, el leve temblor del aire debido al calor abrasador que las rodeaba, y salió de la choza para contemplar el gran volcán al otro lado del Mar de Lava. La Ira de Dakall escupía magma y trozos de roca de tanto en tanto, alimentando el fuego que lo rodeaba como un gran foso insalvable. Todo lo que tocaba el magma se derretía casi al instante, todo excepto la negra roca de Las Cordilleras Pétreas y El Desfiladero Ardiente, el escarpado camino del portal a Larhenna; y el cielo estaba cubierto casi por completo por densas nubes negras que velaban el brillo del sol. Era un lugar hostil pero cuajado de indómita belleza, cargado de energía primaria e incluso acogedor, si sabías moverte entre las rocas. Además era su hogar, y vivía frente a la morada del dios de la guerra, la sangre y el fuego. Se sabía protegida por él, a salvo en sus dominios.
Quizá le había enviado a ésta niña concebida en el balcón de sus aposentos con algún propósito, ¿Quién conoce los designios de los dioses? Bajó con cuidado hasta el borde de lava, y tomó un dedal del Mar de Lava con un largo cucharón de roca negra.

Valeska no la oyó entrar, la pérdida de sangre le había hecho perder el sentido. La despertó el aterrador siseo de fuego líquido vertido sobre algo semilíquido, y el terrible olor a azufre que inundó su nariz. Abrió los ojos con esfuerzo para ver a la anciana removiendo con ahínco en un gran caldero de roca negra.

-¡Despierta, niña! Debes estar despierta, tu agonía será tu sacrificio a Dakall.

La llevó casi a rastras al exterior, desnudándola completamente mientras Valeska se agarraba el abultado vientre cubierto de sangre, gimiendo con desesperación.

-No lloriquees, astragana- le advirtió la anciana- Dakall ama tu sangre y tu dolor, pero no soporta las quejas.

Valeska apretó los dientes avergonzada.

-Si te desmayas tendré que despertarte, porque debes sufrir. Y si sobrevives a esta noche deberás volver aquí cuando llegue el momento. Parirás ante Dakall y le presentarás tu niña al dios, dándole las gracias con una ofrenda de sangre. Te lo explicaré con detalle más adelante, si resulta oportuno.
Valeska asintió con gesto cansado.

-Una cosa más. Yo también exigiré mi recompensa, has de saberlo. Si ambas sobrevivís, tú serás la depositaria de mi saber. No he engendrado heredera, y no soy de las que exigen niños como pago. Pero he de trasmitir mis conocimientos, y alguien debe sustituirme. No te pido que vivas aquí, pero donde sea que te establezcas, realizarás mi trabajo.

Valeska asistió solemnemente a pesar del dolor, y la anciana le sonrió con dulzura. Le colocó un rollo de cuero entre los dientes asegurándole que le ayudaría a soportarlo, y cuando comenzó a untar un barro rojizo por la herida de su vientre Valeska mordió con tal fuerza que se habría arrancado la lengua. El ungüento la abrasaba como un fuego vivo, no sólo la carne sino también las entrañas. Su bebé se quemaría sin duda, se disolvería en un mar de lava y ambas morirían en aquellas montañas alejadas de la mano de Sefrellion. No se atrevió a rezar al Gran Padre en la casa de su belicoso hermano, y un par de lágrimas amargas rodaron por sus mejillas.

-Resiste, niña- la animó la anciana con dulzura- Pronto podrás abrazar a tu pequeña Val.



Tres lunas después, Valeska apareció ante la puerta de la anciana con un cordero cebado y el vientre a punto para el nacimiento. Al atardecer ungieron al animal en aceites y lo sacrificaron en El Mar de Lava al ocaso, cuando Sefrellion volvía su ojo para otro lado y la luz de la luna asomaba tímida sobre la tierra. No todas las noches se cruzaban las miradas del Gran Padre Sefrellion y su esposa Sheleen, y la anciana sonrió anunciando que aquel era un buen augurio. Valeska gritó durante buena parte de la noche mientras la anciana le refrescaba la frente con paños húmedos y la lava borboteaba insidiosa bajo ellas. Pero no fue hasta el atardecer del siguiente día que la pequeña Val se decidiera a salir, y lo hizo con tanta tranquilidad como si su madre acabara de romper aguas. La guerrera, agotada por el dolor, la tomó en sus brazos mientras la anciana cortaba el cordón y ofrecía los restos al mar de lava.


Y Valeska alzó una niña de pelo rojo como el fuego y ojos verdes como el mar del Norte. La sostuvo ante el volcán recordándole humildemente a Dakall que era su protegida, y luego la alzó hacia el sol para recordarle a Sefrellion que también era hija suya. Entonces Val Vanzaant abrió la boca y lloró por fin, proclamando al mundo su llegada.