miércoles, 1 de noviembre de 2017

Libro I. La hija de Dakall

    Valeska nunca olvidó las palabras de la anciana. Cumplió su promesa, llegando a ser una sanadora muy reconocida. ¿Quién le iba a decir que acabaría ejerciendo el oficio de su amado padre? Lo más irónico fue descubrir lo mucho que le gustaba su nueva ocupación, y aquella vida más tranquila le permitía pasar más tiempo con su pequeña. No dejó de vigilarla mientras crecía, aterrorizada con la idea de que la rechazaran. A pesar de que Val se desarrollaba sana y feliz, jugando con el resto de los niños y creciendo como ellos, Valeska no estaba tranquila. Sabía que su pequeña era demasiado alegre, demasiado confiada, demasiado sensible. Aún era una niña, pero había heredado la tozudez y el sentido de la justicia de su padre, y la dulzura y comprensión de su madre; con un corazón demasiado blando para un mundo en el que predominaban los humanos.

    Cuando Val cumplió los nueve inviernos los tres se trasladaron a la ciudad. Areslann -La Perla del Norte- era la única ciudad de Astragad, una tierra salvaje y fría de escarpadas cordilleras y espesos bosques. En las tierras del Norte las gentes vivían en tribus independientes, cada una regida por su propio Consejo o su Herenn, los reyes astraganos. Se establecían en pequeñas aldeas en la costa o las montañas, viviendo principalmente de la caza y la pesca. Por eso habían construido Areslann y erigido la casa del Garn Eldre, el Gran Consejo en el que se sentaba un representante de cada tribu y donde se tomaban las decisiones que atañían a toda Astragad. En la ciudad estaba la famosa biblioteca que atesoraba la historia de todos los clanes desde el Cataclismo; el célebre mercado permanente y los más afamados artesanos del norte, que se habían establecido poco a poco en las callejas colindantes hasta formar todo un barrio de tiendas; el teatro; las tabernas llenas de talentosos músicos y poetas... Valeska suspiraba por las posibilidades que la ciudad ofrecía y ansiaba brindarle esas oportunidades a su niña, que había demostrado poseer una mente despierta y una viva curiosidad.

    Areslann se erigía orgullosa al final del fiordo, acunada entre las suaves laderas salpicadas de casitas y los inexpugnables picos que lo enmarcaban. Para Val era su primer viaje en barco y disfrutó enormemente de la travesía hasta la ciudad, con la línea de costa y sus aldeas pesqueras a estribor y el mar abierto a babor, tan intrigante y poderoso. Su espíritu aventurero le revoloteaba inquieto en el pecho y la hacía suspirar en cubierta, ansiando adentrarse en la inmensa masa azul y descubrir sus secretos. Pasaba el tiempo junto al timón acosando a preguntas al capitán, que siempre tenía una sonrisa y una historia preparadas para aquella chiquilla encantadora y curiosa. Cuando al fin la embarcación penetró en la caudalosa lengua del fiordo, Val no podía creer que en el gran río, como ella lo llamaba, fluyera el agua salada. Contempló extasiada la vegetación que se extendía por las laderas, tan parecida y al mismo tiempo tan diferente de los bosques de Wissberg. Los pinos y abedules convivían con hayas y robles, tachonados de grandes extensiones de hierba y pequeñas florecillas silvestres que se entrelazaban. La cordillera en forma de espada alzaba sus interminables picos hacia el cielo azul grisáceo, envolviendo el fiordo en una quietud y belleza que transportaban a la niña al mundo de los sueños. Sonreía embelesada junto al capitán mientras la embarcación se deslizaba plácida y sinuosamente hacia la ciudad. Al fin él señaló las cantarinas cascadas que alimentaban a Los Amantes, los ríos gemelos que flanqueaban la ciudad, desembocando ante el puerto. Tras aquella frontera natural los astraganos habían construido la muralla, una maravilla arquitectónica famosa en todos los orbes. Encastrada en las propias montañas y con casi veinte codos de altura, resultaba tan inexpugnable como la estilizada cordillera. Estaba rematada por torres de dos pisos que contribuían a la sensación de infranqueabilidad y le daban cierto aire de castillo. El intrincado enrejado que hacía las veces de puerta era tan pesado que el capitán le aseguró que toda la guardia debía colaborar para levantarla cada mañana, mediante gigantescas poleas que le mostró entre risas.

    Val le escuchaba sólo a medias, absorta como estaba en la mayor maravilla de todas: la gigantesca estatua de Askall, el dios del hielo, que refulgía como la escarcha dominando la bahía. Medía casi cuarenta codos y estaba enteramente recubierta de mármol de Lanntara, que cambiaba de color dependiendo de la luz. Representaba al dios erguido, cada uno de sus enormes pies a un lado de la puerta. Val estaba encandilada por los detalles de la armadura de escarcha; la musculatura poderosa de su torso y muslos, el movimiento del cabello como si la brisa marina lo acariciase. Su padre le explicó que apenas necesitaba protecciones porque su cuerpo era tan rígido como una montaña helada, y alzó la mano para señalarle el casco astado y la colosal hacha de guerra que sobresalía a su espalda. El mango estaba incrustado de piedras semipreciosas: turquesas, azabaches, granates y olivinas; así como los brazales y las grebas. Con la mano izquierda, ligeramente adelantada del cuerpo, parecía sostener la gran puerta durante el día, y en la derecha alzaba un pebetero cuyas dimensiones lo convertían en el faro más brillante de todo el orbe. Val lo contemplaba con la boca abierta aún cuando atracaron, hasta que su madre la tomó de la mano y el bullicio del puerto captó toda su atención.


    Alquilaron una casita de dos pisos en la ladera oeste, lo suficientemente alejada del puerto como para que el olor del pescado no asaltara sus fosas nasales pero el chillido de las gaviotas acompañara sus amaneceres. Su hogar formaba parte de las casitas que salpicaban los densos pinares en grupos de tres o cuatro. Eran construcciones de piedra y madera, con los tejados cubiertos de apretados haces de paja para conservar el calor y estrechas chimeneas encendidas desde el otoño hasta la primavera, hubiera un perol al fuego o no. La casita de los Vanzaant se alzaba en solitario entre un grupo de hayas y un bosquecillo de abetos, y poseía además un hermoso jardín delantero en el que Valeska cultivaba plantas medicinales. Mert trabajaba como mercenario, aceptando toda clase de encargos que abarcaban desde escoltar caravanas hasta recoger ingredientes para el druida, y a veces pasaba semanas enteras fuera de casa. Viajaba a menudo a Wissberg, pero su familia no solía acompañarle. Valeska no añoraba demasiado a Los Hijos de la Ventisca, y la pequeña Val era mucho más feliz correteando por el fiordo que visitando su poblado natal. Para la niña el mundo se había hecho más grande desde que se asentaran en Areslann y estaba muy ocupada descubriéndolo. Por las mañanas debía ir a la maldita escuela, cierto, pero pronto descubrió que allí podía aprender infinidad de cosas que los ancianos de la tribu no habrían podido enseñarle. Conoció el teatro y se sintió maravillada por la capacidad de crear y escenificar historias de un modo tan vívido. Durante lunas repitió con frecuencia que quería convertirse en actriz, hasta el punto en que Valeska comenzó a arrepentirse seriamente de haberle mostrado el mundo del espectáculo. Entonces su padre la llevó al Reposo del Guerrero, la taberna más afamada de la ciudad, y Val descubrió la música como nunca la había conocido. Había juglares en las tribus, claro, y bardos itinerantes que transmitían e intercambiaban canciones de un lado a otro del orbe. Pero en El Reposo se reunían músicos, actores, poetas, ….incluso compañías enteras. Los artistas sabían que allí no sólo eran juzgados por el gran público, sino por sus propios colegas de oficio; una actuación en El Reposo podía hundir irremisiblemente una carrera o forjar una leyenda.

    Por las tardes la pequeña correteaba entre los pinos, exploraba las montañas o bajaba a la ciudad para pasear entre los puestos del puerto y el barrio del mercado. Areslann le ofrecía todas las posibilidades; el bullicio y la cultura convivían con la naturaleza y su paz salvaje. Así que Val era feliz, y felices eran sus padres cuando cumplió los doce inviernos. Fue entonces cuando llegó la sequía, una enorme mancha amarilla que se extendió por toda Astragad desde el otoño hasta el verano. Por primera vez en la historia dejó de nevar en el Norte, y la tierra se fue tornando seca y árida. Árboles centenarios perecieron retorciéndose sobre sí mismos como si una fuerza invisible les apretara las entrañas. Bosques enteros se convirtieron en páramos de sarmientos, los animales enloquecieron y los ríos se secaron hasta volverse regueros plagados de peces asfixiados. La muerte se extendió por Astragad como el presagio del fin del mundo, muerte de tierra reseca y sol impío. Los astraganos y sus pálidas pieles acostumbradas al frío se cubrieron de quemaduras y ampollas , y Valeska tuvo mucho trabajo creando ungüentos con los que aliviar las abrasadas carnes.