Valeska nunca olvidó las palabras de
la anciana. Cumplió su promesa, llegando a ser una sanadora muy
reconocida. ¿Quién le iba a decir que acabaría ejerciendo el
oficio de su amado padre? Lo más irónico fue descubrir lo mucho que
le gustaba su nueva ocupación, y aquella vida más tranquila le
permitía pasar más tiempo con su pequeña. No dejó de vigilarla
mientras crecía, aterrorizada con la idea de que la rechazaran. A
pesar de que Val se desarrollaba sana y feliz, jugando con el resto
de los niños y creciendo como ellos, Valeska no estaba tranquila.
Sabía que su pequeña era demasiado alegre, demasiado confiada,
demasiado sensible. Aún era una niña, pero había heredado la
tozudez y el sentido de la justicia de su padre, y la dulzura y
comprensión de su madre; con un corazón demasiado blando para un
mundo en el que predominaban los humanos.
Cuando Val cumplió los nueve
inviernos los tres se trasladaron a la ciudad. Areslann -La Perla
del Norte- era la única ciudad de Astragad, una tierra salvaje y
fría de escarpadas cordilleras y espesos bosques. En las tierras del
Norte las gentes vivían en tribus independientes, cada una regida
por su propio Consejo o su Herenn, los reyes astraganos. Se
establecían en pequeñas aldeas en la costa o las montañas,
viviendo principalmente de la caza y la pesca. Por eso habían
construido Areslann y erigido la casa del Garn Eldre, el Gran
Consejo en el que se sentaba un representante de cada tribu y donde
se tomaban las decisiones que atañían a toda Astragad. En la ciudad
estaba la famosa biblioteca que atesoraba la historia de todos los
clanes desde el Cataclismo; el célebre mercado permanente y los más
afamados artesanos del norte, que se habían establecido poco a poco
en las callejas colindantes hasta formar todo un barrio de tiendas;
el teatro; las tabernas llenas de talentosos músicos y poetas...
Valeska suspiraba por las posibilidades que la ciudad ofrecía y
ansiaba brindarle esas oportunidades a su niña, que había
demostrado poseer una mente despierta y una viva curiosidad.
Areslann se erigía orgullosa al final
del fiordo, acunada entre las suaves laderas salpicadas de casitas y
los inexpugnables picos que lo enmarcaban. Para Val era su primer
viaje en barco y disfrutó enormemente de la travesía hasta la
ciudad, con la línea de costa y sus aldeas pesqueras a estribor y el
mar abierto a babor, tan intrigante y poderoso. Su espíritu
aventurero le revoloteaba inquieto en el pecho y la hacía suspirar
en cubierta, ansiando adentrarse en la inmensa masa azul y descubrir
sus secretos. Pasaba el tiempo junto al timón acosando a preguntas
al capitán, que siempre tenía una sonrisa y una historia preparadas
para aquella chiquilla encantadora y curiosa. Cuando al fin la
embarcación penetró en la caudalosa lengua del fiordo, Val no podía
creer que en el gran río, como ella lo llamaba, fluyera el agua
salada. Contempló extasiada la vegetación que se extendía por las
laderas, tan parecida y al mismo tiempo tan diferente de los bosques
de Wissberg. Los pinos y abedules convivían con hayas y robles,
tachonados de grandes extensiones de hierba y pequeñas florecillas
silvestres que se entrelazaban. La cordillera en forma de espada
alzaba sus interminables picos hacia el cielo azul grisáceo,
envolviendo el fiordo en una quietud y belleza que transportaban a la
niña al mundo de los sueños. Sonreía embelesada junto al capitán
mientras la embarcación se deslizaba plácida y sinuosamente hacia
la ciudad. Al fin él señaló las cantarinas cascadas que
alimentaban a Los Amantes, los ríos gemelos que flanqueaban
la ciudad, desembocando ante el puerto. Tras aquella frontera
natural los astraganos habían construido la muralla, una maravilla
arquitectónica famosa en todos los orbes. Encastrada en las propias
montañas y con casi veinte codos de altura, resultaba tan
inexpugnable como la estilizada cordillera. Estaba rematada por
torres de dos pisos que contribuían a la sensación de
infranqueabilidad y le daban cierto aire de castillo. El intrincado
enrejado que hacía las veces de puerta era tan pesado que el capitán
le aseguró que toda la guardia debía colaborar para levantarla cada
mañana, mediante gigantescas poleas que le mostró entre risas.
Val le escuchaba sólo a medias,
absorta como estaba en la mayor maravilla de todas: la gigantesca
estatua de Askall, el dios del hielo, que refulgía como la escarcha
dominando la bahía. Medía casi cuarenta codos y estaba enteramente
recubierta de mármol de Lanntara, que cambiaba de color dependiendo
de la luz. Representaba al dios erguido, cada uno de sus enormes pies
a un lado de la puerta. Val estaba encandilada por los detalles de
la armadura de escarcha; la musculatura poderosa de su torso y
muslos, el movimiento del cabello como si la brisa marina lo
acariciase. Su padre le explicó que apenas necesitaba protecciones
porque su cuerpo era tan rígido como una montaña helada, y alzó la
mano para señalarle el casco astado y la colosal hacha de guerra que
sobresalía a su espalda. El mango estaba incrustado de piedras
semipreciosas: turquesas, azabaches, granates y olivinas; así como
los brazales y las grebas. Con la mano izquierda, ligeramente
adelantada del cuerpo, parecía sostener la gran puerta durante el
día, y en la derecha alzaba un pebetero cuyas dimensiones lo
convertían en el faro más brillante de todo el orbe. Val lo
contemplaba con la boca abierta aún cuando atracaron, hasta que su
madre la tomó de la mano y el bullicio del puerto captó toda su
atención.
Alquilaron una casita de dos pisos en la ladera oeste, lo
suficientemente alejada del puerto como para que el olor del pescado
no asaltara sus fosas nasales pero el chillido de las gaviotas
acompañara sus amaneceres. Su hogar formaba parte de las casitas que
salpicaban los densos pinares en grupos de tres o cuatro. Eran
construcciones de piedra y madera, con los tejados cubiertos de
apretados haces de paja para conservar el calor y estrechas chimeneas
encendidas desde el otoño hasta la primavera, hubiera un perol al
fuego o no. La casita de los Vanzaant se alzaba en solitario entre un
grupo de hayas y un bosquecillo de abetos, y poseía además un
hermoso jardín delantero en el que Valeska cultivaba plantas
medicinales. Mert trabajaba como mercenario, aceptando toda clase de
encargos que abarcaban desde escoltar caravanas hasta recoger
ingredientes para el druida, y a veces pasaba semanas enteras fuera
de casa. Viajaba a menudo a Wissberg, pero su familia no solía
acompañarle. Valeska no añoraba demasiado a Los Hijos de la
Ventisca, y la pequeña Val era mucho más feliz correteando por el
fiordo que visitando su poblado natal. Para la niña el mundo se
había hecho más grande desde que se asentaran en Areslann y estaba
muy ocupada descubriéndolo. Por las mañanas debía ir a la maldita
escuela, cierto, pero pronto descubrió que allí podía aprender
infinidad de cosas que los ancianos de la tribu no habrían podido
enseñarle. Conoció el teatro y se sintió maravillada por la
capacidad de crear y escenificar historias de un modo tan vívido.
Durante lunas repitió con frecuencia que quería convertirse en
actriz, hasta el punto en que Valeska comenzó a arrepentirse
seriamente de haberle mostrado el mundo del espectáculo. Entonces su
padre la llevó al Reposo del Guerrero, la taberna más
afamada de la ciudad, y Val descubrió la música como nunca la había
conocido. Había juglares en las tribus, claro, y bardos itinerantes
que transmitían e intercambiaban canciones de un lado a otro del
orbe. Pero en El Reposo se reunían músicos, actores, poetas,
….incluso compañías enteras. Los artistas sabían que allí no
sólo eran juzgados por el gran público, sino por sus propios
colegas de oficio; una actuación en El Reposo podía hundir
irremisiblemente una carrera o forjar una leyenda.
Por las tardes la pequeña correteaba entre los pinos, exploraba las
montañas o bajaba a la ciudad para pasear entre los puestos del
puerto y el barrio del mercado. Areslann le ofrecía todas las
posibilidades; el bullicio y la cultura convivían con la naturaleza
y su paz salvaje. Así que Val era feliz, y felices eran sus padres
cuando cumplió los doce inviernos. Fue entonces cuando llegó la
sequía, una enorme mancha amarilla que se extendió por toda
Astragad desde el otoño hasta el verano. Por primera vez en la
historia dejó de nevar en el Norte, y la tierra se fue tornando seca
y árida. Árboles centenarios perecieron retorciéndose sobre sí
mismos como si una fuerza invisible les apretara las entrañas.
Bosques enteros se convirtieron en páramos de sarmientos, los
animales enloquecieron y los ríos se secaron hasta volverse regueros
plagados de peces asfixiados. La muerte se extendió por Astragad
como el presagio del fin del mundo, muerte de tierra reseca y sol
impío. Los astraganos y sus pálidas pieles acostumbradas al frío
se cubrieron de quemaduras y ampollas , y Valeska tuvo mucho trabajo
creando ungüentos con los que aliviar las abrasadas carnes.