Región de Immurthia, una luna
antes del Cataclismo.
Mauda levantó los ojos llenos de
esperanza al oír abrirse la puerta principal. Cruzó rauda el salón
y llegó a tiempo de ver entrar a su suegro; la cabeza gacha y el
abatimiento pintado en el rostro. Se llevó las manos a la boca, sin
atreverse a preguntar, pero él habló de todas formas:
- Nada- murmuró con tristeza-. He
doblado la recompensa y sólo he conseguido que decenas de aldeanos
intenten colarme a sus propios hijos.- La voz le tembló de
indignación al añadir:- ¿Acaso creen que no reconocería a mi
nieto?
Mauda se dejó caer junto al hogar
principal. Ya había vuelto el otoño y su hijo seguía perdido,
desaparecido ya desde el anterior verano. Sentía que ya no le
quedaban lágrimas que liberar ni consuelo que lograr, y sus
obstinadas esperanzas mermaban cada día que pasaba sin que su
pequeño diera señales de vida. Pero cada noche el llanto la anegaba
incesante y demoledor, hasta que caía rendida sobre el lecho vacío
que debía haber compartido con su marido. La muerte de Korah ya
había sido lo suficientemente dura; su partida y el hecho de no
poder recuperar sus restos y así carecer de una tumba para llorarle
habían sumido a Mauda en una profunda desesperación que duró
solsticios. Sólo su niño, que contaba entonces con doce primaveras,
había conseguido llegar al corazón desgarrado de su madre y
conducirla a casa del abuelo. El anciano padre de Korah los había
recibido con los brazos abiertos y además se había hecho cargo de
la educación del chico, de modo que Mauda dispuso del tiempo y la
tranquilidad para purgar su dolor. Incluso había recuperado algo
parecido a la felicidad.
Hasta que su hijo desapareció
también, y su corazón resquebrajado estalló en mil pedazos.
Las lágrimas le ardían en las
pestañas cuando al fin se quedó dormida, agotada por el dolor,
vencida por la lógica aplastante de la realidad. Su pequeño se
había esfumado el día de su decimonoveno cumpleaños, y si no
estaba ya muerto, era que él mismo no quería volver.
Soñó con monstruos oscuros y
malvados, con bocas llenas de colmillos afilados que perseguían a su
hijo para engullirle, y vio el cadáver de su marido levantarse de su
tumba marina; su carne devorada y cubierta de fango, los ojos
enloquecidos y los brazos extendidos que venían a atraparla.
Entonces gritó, gritó tan fuerte que se despertó bañada en sudor,
tan aterrorizada que no podía contener los temblores de sus cuerpo a
pesar de que los contornos familiares de su alcoba le susurraban que
ya estaba a salvo.
Pero se resistía a creerlo. La cama,
incluso la habitación misma, temblaban al ritmo de su agitado
corazón, y sombras antinaturales danzaban por la estancia. Se
apretó contra el cabecero abrazada a sus rodillas, rogando y
esperando que el mal sueño se disipara por completo. Vio la niebla
roja que se arremolinaba al otro lado de la ventana formando
espirales que envolvían la torre, cuyas paredes se estaban volviendo
traslúcidas; niebla que parecía tener vida propia y ascendía desde
la base enroscándose sobre el torreón como una descomunal serpiente
demoníaca. Se llevó los puños a la boca, más asustada de lo que
jamás había estado en su vida, y eso que su suegro le había
mostrado horrores que ninguna mujer debería contemplar jamás.
La propia tierra parecía sacudirse
ahora, y sus manos no fueron suficientes para contener el grito.
Finalmente la locura había venido a por ella, y sintió cierto
alivio insensato de que todo fuera a terminar al fin. El monstruo que
su suegro mantenía vivo contra toda lógica habría logrado escapar
y su sueño plagado de colmillos asesinos se cumpliría de una vez
por todas.
La puerta del dormitorio se abrió de
golpe revelando una figura alargada y oscura que avanzó hacia ella
amenazadoramente. Gritó con toda la fuerza de sus pulmones y la
sombra se abalanzó sobre su rostro con intenciones de devorarla. Se
tapó los ojos, chillando aterrorizada, sintiendo las lágrimas que
le abrasaban las mejillas y una pena insondable por sí misma. Había
intentado ser feliz, los dioses lo sabían, pero le habían
arrebatado a su amado esposo y la habían condenado a una vida en la
ciudad, en la engolada corte real en la que se sentía poco menos que
una pordiosera. Su suegro había sido muy amable acogiéndoles a ella
y a su hijo con los brazos abiertos tras el deceso de Korah, pero
Mauda se sentía prisionera entre las casas y las calles empedradas,
lejos del río y las flores que rodeaban su hogar. Tal vez la
horrible muerte que estaba a punto de sufrir la devolviera a su
casita junto al río, donde estarían esperándola su amado y su
hijo.
-¡¡¡Mauda!!!
¿Por qué la figura pronunciaba su
nombre? ¿Cómo podría saberlo? Sólo podía tratarse de un demonio,
uno de los hijos malditos de Inatu y Enara, que había venido a
despedazarla.
Sin embargo, aquella voz se parecía
mucho a la de su suegro, y huesudos como los suyos eran los dedos que
se le clavaban en los hombros y la sacudían con desesperación.
-¿Madras?- gimoteó angustiada.
-¡¡Querida!! ¡La tierra está
temblando, debemos salir de aquí inmediatamente!
Eso no era algo que diría un demonio,
pensó para sí, de modo que abrió los ojos con cautela. Ante ella
vio el familiar rostro arrugado y afable desfigurado por la
preocupación. Se arrojó a sus brazos desesperada y aterrorizada,
desequilibrando al anciano con su ímpetu, que cayó de bruces sobre
el lecho. Mientras trataban de incorporarse el temblor aumentó su
intensidad, como si el mismo aire vibrara y el fin del mundo se
deslizara hacia ellos para engullirles. Tan repentina y
misteriosamente como había empezado cesó toda actividad, y Mauda
levantó a su suegro con esfuerzo, que se dejó hacer con el rostro
demudado.
-¿Qué…qué…está pasando?-
tartamudeó la mujer sintiendo que la locura la reclamaba de nuevo.
Madras se giró hacia ella lentamente,
con el rostro desencajado, incapaz de otro movimiento que negar con
la cabeza. Parecía poseído por una calma antinatural, absolutamente
ajeno a todo, y Mauda comprendió que la impactante visión también
había horadado la mente del sabio anciano. Quizá él había
percibido algo, algo tan impensable que le había dejado sin habla,
incapaz de reaccionar. Un terror primitivo, irracional pero
innegable, la invadió de nuevo, y la paz que creía haber alcanzado
le pareció el preludio de la aniquilación de su cordura. Sintió el
aullido que crecía en el fondo de su garganta, amenazando con
asfixiarla si no lo expulsaba, y separó los labios para dejarse
llevar.
Una segunda figura cuyos contornos reconocería en cualquier parte se dibujó poco a poco en el umbral, como si la hubieran traído las mismísimas sombras, y unos ojos iridiscentes, malévolos, le sonrieron en la oscuridad. Ya no eran delicados y dulces como los campos de lavanda, sino malignos y peligrosos como el humo de los sortilegios. Demasiadas sombras purpúreas y violáceas había contemplado desde que se mudara como para no temer lo que traían. Entonces la sombra habló, y su voz cantarina y sensual reverberó en la alcoba como si ya no perteneciera al mundo de los vivos.
-Buenas noches, madre.