La puerta de la choza se abrió con
violencia permitiendo que el aire cargado de ceniza ardiente se
colara en el interior. La anciana levantó la vista para encarar a la
mujer que se recortaba en su umbral. Era una guerrera astragana de
músculos alargados pero poderosos, con ojos de color verde oscuro
que la miraban angustiados.
-¡Sálvala!- gritó abriendo las
manos que mantenía apretadas contra el regazo. La anciana vio el
abultado vientre cruzado por un rastro rojo brillante desde la cadera
hasta las costillas. La sangre manaba con abundancia, y la mujer
parecía estar a punto de desfallecer.
-Vete- le dijo-. El corte es demasiado
profundo, tu bebé está perdido.
La guerrera se tambaleó hacia
delante. Era evidente que cada paso le suponía un esfuerzo
considerable, pero avanzó hasta el hogar y se dejó caer de rodillas
sujetándose el vientre de nuevo.
-Su nombre es Val Vanzaant- gimió
entre dientes, desafiándola con la mirada-; y su destino no es morir
aquí.
-Estás bajo La Ira de Dakall,
aquí todo arde.
-No los hijos del fuego- jadeó la
mujer tumbándose con esfuerzo-. Val fue concebida en el Terraplén
del Ocaso, ante los ojos del mismo Dakall.
-Es un dios peligroso para
encomendarle a una hija- murmuró la anciana-. Si hago esto, tu niña
no será del todo astragana. Tendrá un corazón de fuego en una
tierra de hielo, será una extraña entre los suyos.
La astragana sonrió con tristeza.
Sabía muy bien qué significaba aquello desde que se enamorara y se
trasladara al poblado de Los Hijos de la Ventisca, allá en
las montañas. La tribu de su amado Mert era parca en palabras y
estricta en comportamientos, y Valeska a menudo se sentía
incomprendida y sola.
-Al menos vivirá- jadeó con sus
últimas fuerzas-. Déjala ser, chamán… nunca se sabe lo que puede
llegar a pasar.
La anciana sacudió la cabeza ante
aquella guerrera tozuda que se había instalado junto al hogar
excavado en el suelo, sobre el calor de la lava que aún corría bajo
las montañas negras y rojizas. Vio cómo el humo ascendía de la
tierra envolviendo su cuerpo, el leve temblor del aire debido al
calor abrasador que las rodeaba, y salió de la choza para contemplar
el gran volcán al otro lado del Mar de Lava. La Ira de Dakall
escupía magma y trozos de roca de tanto en tanto, alimentando el fuego que lo rodeaba como un gran foso insalvable. Todo lo que
tocaba el magma se derretía casi al instante, todo excepto la negra
roca de Las Cordilleras Pétreas y El Desfiladero Ardiente,
el escarpado camino del portal a Larhenna; y el cielo estaba cubierto
casi por completo por densas nubes negras que velaban el brillo del
sol. Era un lugar hostil pero cuajado de indómita belleza, cargado
de energía primaria e incluso acogedor, si sabías moverte entre las
rocas. Además era su hogar, y vivía frente a la morada del dios de
la guerra, la sangre y el fuego. Se sabía protegida por él, a salvo
en sus dominios.
Quizá le había enviado a ésta niña
concebida en el balcón de sus aposentos con algún propósito,
¿Quién conoce los designios de los dioses? Bajó con cuidado hasta
el borde de lava, y tomó un dedal del Mar de Lava con un
largo cucharón de roca negra.
Valeska no la oyó entrar, la pérdida
de sangre le había hecho perder el sentido. La despertó el
aterrador siseo de fuego líquido vertido sobre algo semilíquido, y
el terrible olor a azufre que inundó su nariz. Abrió los ojos con
esfuerzo para ver a la anciana removiendo con ahínco en un gran
caldero de roca negra.
-¡Despierta, niña! Debes estar
despierta, tu agonía será tu sacrificio a Dakall.
La llevó casi a rastras al exterior,
desnudándola completamente mientras Valeska se agarraba el abultado
vientre cubierto de sangre, gimiendo con desesperación.
-No lloriquees, astragana- le advirtió
la anciana- Dakall ama tu sangre y tu dolor, pero no soporta las
quejas.
Valeska apretó los dientes
avergonzada.
-Si te desmayas tendré que
despertarte, porque debes sufrir. Y si sobrevives a esta noche
deberás volver aquí cuando llegue el momento. Parirás ante Dakall y le
presentarás tu niña al dios, dándole las gracias con una ofrenda
de sangre. Te lo explicaré con detalle más adelante, si resulta
oportuno.
Valeska asintió con gesto cansado.
-Una cosa más. Yo también exigiré
mi recompensa, has de saberlo. Si ambas sobrevivís, tú serás la
depositaria de mi saber. No he engendrado heredera, y no soy de las
que exigen niños como pago. Pero he de trasmitir mis conocimientos,
y alguien debe sustituirme. No te pido que vivas aquí, pero donde
sea que te establezcas, realizarás mi trabajo.
Valeska asistió solemnemente a pesar
del dolor, y la anciana le sonrió con dulzura. Le colocó un rollo
de cuero entre los dientes asegurándole que le ayudaría a
soportarlo, y cuando comenzó a untar un barro rojizo por la herida
de su vientre Valeska mordió con tal fuerza que se habría arrancado
la lengua. El ungüento la abrasaba como un fuego vivo, no sólo la
carne sino también las entrañas. Su bebé se quemaría sin duda, se
disolvería en un mar de lava y ambas morirían en aquellas montañas
alejadas de la mano de Sefrellion. No se atrevió a rezar al Gran
Padre en la casa de su belicoso hermano, y un par de lágrimas
amargas rodaron por sus mejillas.
-Resiste, niña- la animó la anciana
con dulzura- Pronto podrás abrazar a tu pequeña Val.
Tres lunas después, Valeska apareció
ante la puerta de la anciana con un cordero cebado y el vientre a
punto para el nacimiento. Al atardecer ungieron al animal en
aceites y lo sacrificaron en El Mar de Lava al ocaso, cuando
Sefrellion volvía su ojo para otro lado y la luz de la luna asomaba
tímida sobre la tierra. No todas las noches se cruzaban las miradas
del Gran Padre Sefrellion y su esposa Sheleen, y la anciana sonrió
anunciando que aquel era un buen augurio. Valeska gritó durante
buena parte de la noche mientras la anciana le refrescaba la frente
con paños húmedos y la lava borboteaba insidiosa bajo ellas. Pero
no fue hasta el atardecer del siguiente día que la pequeña Val se
decidiera a salir, y lo hizo con tanta tranquilidad como si su madre
acabara de romper aguas. La guerrera, agotada por el dolor, la tomó
en sus brazos mientras la anciana cortaba el cordón y ofrecía los
restos al mar de lava.
Y Valeska alzó una niña de pelo rojo
como el fuego y ojos verdes como el mar del Norte. La sostuvo ante
el volcán recordándole humildemente a Dakall que era su protegida,
y luego la alzó hacia el sol para recordarle a Sefrellion que
también era hija suya. Entonces Val Vanzaant abrió la boca y lloró
por fin, proclamando al mundo su llegada.