martes, 29 de mayo de 2018

De cómo Bevel Hakirah de Liruth se convirtió en la directora de la Gran Biblioteca


Bevel procede de Liruth, un orbe tan hermoso y delicado que se dice que fue tierra de elfos antes del Cataclismo. Liruth es conocido como el orbe más apacible, con su clima templado, casi cálido, sus largas playas de arena dorada, bañadas por mares que refulgen como piedras preciosas (turquesas, esmeraldas, aguamarinas y zafiros), sus extensas praderas floridas y suaves colinas, y la inusualmente redondeada cordillera del monte Arachis, cuya vegetación podría rivalizar con la de la mítica Espina Mater de Fereyen Krovak Dhur. Sus ciudades de cristal y arena asombran a los que las contemplan, a pesar de que la mayor parte de la población vive en pequeñas aldeas prácticamente autosuficientes. Cuna de pintores por excelencia, además Liruth es un orbe en el que florece la literatura en cada esquina. Incluso el más humilde aldeano sabe leer y escribir, conoce las grandes obras de la historia y sus correspondientes autores. La costumbre de contar relatos a los niños es casi ceremoniosa en Liruth, y no distingue edades. En el orbe apacible, nadie se va a dormir sin haber contado o escuchado una historia junto al fuego. Famosas son ya sus celebraciones del equinoccio, cuando la sucesión de relatos en las plazas se convierte en un verdadero concurso de talentos.

Pero Bevel carecía de la paciencia necesaria para desarrollar un relato. Poseía una mente aguda, demasiado rápida, demasiado ávida, demasiado conceptual. Bevel ansiaba el conocimiento como las flores ansían la lluvia; deseaba descubrirlo todo, comprenderlo todo, aún sabiendo que aquello era imposible en una vida mortal. No tenía tiempo para escribir, puesto que apenas lo tenía para aprender.

Así que viajó de portal en portal, de orbe en orbe, visitando cada biblioteca y centro de conocimiento reseñable. Se demoró varias lunas en el Templo del Ocaso, donde las historias tenían orígenes tan dispares que algunas incluso estaban escritas en runas y símbolos aún más antiguos. Los ternhienses habían abandonado la isla tras el Cataclismo, en favor de su vida acuática, tanto tiempo atrás que quizá ya no pudieran volver a tierra firme jamás. Pero se dice que Bevel quedó prendada del conocimiento esparcido por las antiguas salas del templo; sus murales desconchados mostraban escenas del Primer Orbe y tapices roidos que representaban majestuosos dragones colgaban por doquier. Y qué decir de las grandes salas llenas de papiros, tablillas, grabados en diversos objetos, joyas y otros enseres de tierras lejanas... Bevel decidió en aquel momento que había encontrado su razón de ser, y a sus diecinueve primaveras se instaló en el Templo del Ocaso y comenzó a ordenar, clasificar y catalogar sus tesoros. Trabajó incansablemente de sol a sol traduciendo textos muy antiguos a la lengua común, y se dice también que descubrió algunos secretos que tambalearian nuestras creencias. Pero durante solsticios nadie se interesó en sus estudios, a pesar de que se corrió la voz de que había una loca que deambulaba sola por el Templo del Ocaso. Se comentaba que al atardecer se la podía ver paseando desnuda por la playa, y que contemplar su cuerpo era un goce para los ojos.

De modo que a Bevel nunca le faltaron los amantes, los presentes ni la compañía, a menudo más de la que deseaba. Y finalmente, cuando rondaba las veintitrés primaveras, Dayanaeh de Varth, la recién nombrada directora del Arcanum de Delass, llegó al templo para hacerle una sorprendente propuesta.

- La Gran Biblioteca de Delass necesita un director. Creo que eres perfecta para ese puesto- anunció sin más preámbulos.

- El de Guardiana del Conocimiento?- respondió Bevel suspicaz-. Creo que es una responsabilidad demasiado importante como para entregársela a alguien que no conoces en absoluto.

- Yo no diría tanto. Hace ya un par de solsticios que me intereso por tu trabajo, y todo lo que he observado me ha dado la razón. De hecho, tu respuesta ha terminado por convencerme. Eres la persona idónea para La Biblioteca, no tengo ninguna duda.

- Me observas?- se molestó Bevel, pero Dayanaeh hizo un gesto con la mano, como quitándole importancia.

- El Templo del Ocaso y el Arcanum están conectados desde tiempos inmemoriales. Es en virtud al ancestral pacto entre sirasianos y Sumergidos por lo que nunca hemos creado otra biblioteca aquí. Ahora que Ternath está separado de los demás orbes y el tránsito por estos lares se reduce a independientes como tú, te aseguro que tenemos el permiso y los recursos para trasladar todo esto a Delass, donde se conservará en condiciones adecuadas y hay ríos de solicitantes para estudiarlo.

Bevel se sobresaltó, y la directora del Arcanum sonrió comprensivamente.

- Si aceptas el puesto, serás tú quién conceda esos permisos, según tu propio parecer y sin restricciones. Por eso vengo a buscarte; necesito a alguien que no se deje distraer de su tarea por ruegos, promesas o regalos. No puedo asegurarte que el Círculo, como gobernantes de la ciudad, no pretendan interferir, pero estoy segura de que sabrás manejarlos- dejó escapar una risilla traviesa, contagiando su buen humor a la liruthiense.

- He tenido que pelear mucho por esto- continuó Dayanaeh-, pero te aseguro que ya nada puede detenerlo. Te estoy advirtiendo porque creo que eres la persona indicada para ocuparte de que todo se haga como es debido. Te ofrezco continuar con tu trabajo y ampliarlo hasta donde tus capacidades te permitan, en el mayor centro de conocimiento de todos los orbes. ¿Qué te detiene aquí?

Bevel desvió la vista un instante, mirando melancólica el mar que destellaba al otro lado de la arcada. Dayanaeh contuvo el aliento.

- Has conocido a los Sumergidos...- murmuró asombrada.- Pero, cómo es posible? Ningún homo los ha visto en solsticios... Han acudido ellos a ti, o los encontraste por casualidad?

- Creía que me observabas- respondió Bevel con malicia.

Dayanaeh le devolvió la sonrisa, aceptando la pulla.

- Las esferas de nácar no muestran las playas- respondió en el mismo tono-. Estoy segura de que te alegra saberlo.

Finalmente, la directora del Arcanum de Sirassaya convenció a Bevel Hakirah de Liruth para que abandonara el Templo del Ocaso, asegurando así la paz de los thernienses, que permanecían sumergidos desde El Cataclismo y habían abandonado toda relación con los terrestres.

Se llevaron los papiros, las tablillas y los códices, pero las estatuas y las esculturas permanecieron adornando los jardines y las amplias galerías del templo, entre tapices roídos y frescos que representaban magníficos dragones y parajes desconocidos. También se quedaron los cofres de joyas, las monedas y la orfebrería, porque Bevel dictaminó que aquella era la cultura del pueblo therniense y nada justificaba llevárselo. Aquellos tesoros yacían desparramados por las salas desde antes del Cataclismo, y nadie jamás había osado, o al menos logrado, llevarse ni una sola pieza sin permiso. El hechizo sirasiano que protegía el templo se mantenía incólume a través de las eras, y ahora tenía una nueva y diligente guardiana.

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