Bevel
procede de Liruth, un orbe tan hermoso y delicado que se dice que fue
tierra de elfos antes del Cataclismo. Liruth es conocido como el orbe
más apacible, con su clima templado, casi cálido, sus largas playas
de arena dorada, bañadas por mares que refulgen como piedras
preciosas (turquesas, esmeraldas, aguamarinas y zafiros), sus
extensas praderas floridas y suaves colinas, y la inusualmente
redondeada cordillera del monte Arachis, cuya vegetación podría
rivalizar con la de la mítica Espina Mater de Fereyen Krovak Dhur.
Sus ciudades de cristal y arena asombran a los que las contemplan, a
pesar de que la mayor parte de la población vive en pequeñas aldeas
prácticamente autosuficientes. Cuna de pintores por excelencia,
además Liruth es un orbe en el que florece la literatura en cada
esquina. Incluso el más humilde aldeano sabe leer y escribir, conoce
las grandes obras de la historia y sus correspondientes autores. La
costumbre de contar relatos a los niños es casi ceremoniosa en
Liruth, y no distingue edades. En el orbe apacible, nadie se va a
dormir sin haber contado o escuchado una historia junto al fuego.
Famosas son ya sus celebraciones del equinoccio, cuando la sucesión
de relatos en las plazas se convierte en un verdadero concurso de
talentos.
Pero Bevel carecía de la paciencia necesaria
para desarrollar un relato. Poseía una mente aguda, demasiado
rápida, demasiado ávida, demasiado conceptual. Bevel ansiaba el
conocimiento como las flores ansían la lluvia; deseaba descubrirlo
todo, comprenderlo todo, aún sabiendo que aquello era imposible en
una vida mortal. No tenía tiempo para escribir, puesto que apenas lo
tenía para aprender.
Así que viajó de portal en portal, de orbe
en orbe, visitando cada biblioteca y centro de conocimiento
reseñable. Se demoró varias lunas en el Templo del Ocaso, donde las
historias tenían orígenes tan dispares que algunas incluso estaban
escritas en runas y símbolos aún más antiguos. Los ternhienses
habían abandonado la isla tras el Cataclismo, en favor de su vida
acuática, tanto tiempo atrás que quizá ya no pudieran volver a
tierra firme jamás. Pero se dice que Bevel quedó prendada del
conocimiento esparcido por las antiguas salas del templo; sus murales
desconchados mostraban escenas del Primer Orbe y tapices roidos que
representaban majestuosos dragones colgaban por doquier. Y qué decir
de las grandes salas llenas de papiros, tablillas, grabados en
diversos objetos, joyas y otros enseres de tierras lejanas... Bevel
decidió en aquel momento que había encontrado su razón de ser, y a
sus diecinueve primaveras se instaló en el Templo del Ocaso y
comenzó a ordenar, clasificar y catalogar sus tesoros. Trabajó
incansablemente de sol a sol traduciendo textos muy antiguos a la
lengua común, y se dice también que descubrió algunos secretos que
tambalearian nuestras creencias. Pero durante solsticios nadie se
interesó en sus estudios, a pesar de que se corrió la voz de que
había una loca que deambulaba sola por el Templo del Ocaso. Se
comentaba que al atardecer se la podía ver paseando desnuda por la
playa, y que contemplar su cuerpo era un goce para los ojos.
De modo que a Bevel nunca le faltaron los
amantes, los presentes ni la compañía, a menudo más de la que
deseaba. Y finalmente, cuando rondaba las veintitrés primaveras,
Dayanaeh de Varth, la recién nombrada directora del Arcanum de
Delass, llegó al templo para hacerle una sorprendente propuesta.
- La Gran Biblioteca de Delass necesita un
director. Creo que eres perfecta para ese puesto- anunció sin más
preámbulos.
- El de Guardiana del Conocimiento?- respondió
Bevel suspicaz-. Creo que es una responsabilidad demasiado importante
como para entregársela a alguien que no conoces en absoluto.
- Yo no diría tanto. Hace ya un par de
solsticios que me intereso por tu trabajo, y todo lo que he observado
me ha dado la razón. De hecho, tu respuesta ha terminado por
convencerme. Eres la persona idónea para La Biblioteca, no tengo
ninguna duda.
- Me observas?- se molestó Bevel, pero
Dayanaeh hizo un gesto con la mano, como quitándole importancia.
- El Templo del Ocaso y el Arcanum están
conectados desde tiempos inmemoriales. Es en virtud al ancestral
pacto entre sirasianos y Sumergidos por lo que nunca hemos creado
otra biblioteca aquí. Ahora que Ternath está separado de los demás
orbes y el tránsito por estos lares se reduce a independientes como
tú, te aseguro que tenemos el permiso y los recursos para trasladar
todo esto a Delass, donde se conservará en condiciones adecuadas y
hay ríos de solicitantes para estudiarlo.
Bevel se sobresaltó, y la directora del
Arcanum sonrió comprensivamente.
- Si aceptas el puesto, serás tú quién
conceda esos permisos, según tu propio parecer y sin restricciones.
Por eso vengo a buscarte; necesito a alguien que no se deje distraer
de su tarea por ruegos, promesas o regalos. No puedo asegurarte que
el Círculo, como gobernantes de la ciudad, no pretendan interferir,
pero estoy segura de que sabrás manejarlos- dejó escapar una
risilla traviesa, contagiando su buen humor a la liruthiense.
- He tenido que pelear mucho por esto-
continuó Dayanaeh-, pero te aseguro que ya nada puede detenerlo. Te
estoy advirtiendo porque creo que eres la persona indicada para
ocuparte de que todo se haga como es debido. Te ofrezco continuar con
tu trabajo y ampliarlo hasta donde tus capacidades te permitan, en el
mayor centro de conocimiento de todos los orbes. ¿Qué te detiene
aquí?
Bevel desvió la vista un instante, mirando
melancólica el mar que destellaba al otro lado de la arcada.
Dayanaeh contuvo el aliento.
- Has conocido a los Sumergidos...- murmuró
asombrada.- Pero, cómo es posible? Ningún homo los ha visto en
solsticios... Han acudido ellos a ti, o los encontraste por
casualidad?
- Creía que me observabas- respondió Bevel
con malicia.
Dayanaeh le devolvió la sonrisa, aceptando la
pulla.
- Las esferas de nácar no muestran las
playas- respondió en el mismo tono-. Estoy segura de que te alegra
saberlo.
Finalmente, la directora del Arcanum de
Sirassaya convenció a Bevel Hakirah de Liruth para que abandonara el
Templo del Ocaso, asegurando así la paz de los thernienses, que
permanecían sumergidos desde El Cataclismo y habían abandonado toda
relación con los terrestres.
Se llevaron los papiros, las tablillas y los
códices, pero las estatuas y las esculturas permanecieron adornando
los jardines y las amplias galerías del templo, entre tapices roídos
y frescos que representaban magníficos dragones y parajes
desconocidos. También se quedaron los cofres de joyas, las monedas y
la orfebrería, porque Bevel dictaminó que aquella era la cultura
del pueblo therniense y nada justificaba llevárselo. Aquellos
tesoros yacían desparramados por las salas desde antes del
Cataclismo, y nadie jamás había osado, o al menos logrado, llevarse
ni una sola pieza sin permiso. El hechizo sirasiano que protegía el
templo se mantenía incólume a través de las eras, y ahora tenía
una nueva y diligente guardiana.
No hay comentarios:
Publicar un comentario